La pequeña Hitchcock

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Otro día amanecía en la ciudad capital La Meca, donde todo debía necesariamente confluir. Obligatoriamente todo se precipitaba hacia allí y todos los días era la misma rutina de grandes densidades, masas de vehículos que vibraban y palpitaban, ensordecían y eran ensordecidos. No solamente era un día especialmente cargado de "que-tarde-que-es" en las agujas de cada pasajero y de atrasos acumulativos en cada llegada a nuevos destinos, sino que además era un día lunes. Y ya se sabe la fama terrible que tienen estos días por tener la tarea de comenzar la semana laboral y estudiantil...

Otro día amanecía en la ciudad capital La Meca, donde todo debía necesariamente confluir. Obligatoriamente todo se precipitaba hacia allí y todos los días era la misma rutina de grandes densidades, masas de vehículos que vibraban y palpitaban, ensordecían y eran ensordecidos. No solamente era un día especialmente cargado de "que-tarde-que-es" en las agujas de cada pasajero y de atrasos acumulativos en cada llegada a nuevos destinos, sino que además era un día lunes. Y ya se sabe la fama terrible que tienen estos días por tener la tarea de comenzar la semana laboral y estudiantil...

El bus verde manzana hacía rato que estaba estancado en una avenida y todo avanzaba a paso de caracol. Para todo aquel acostumbrado a viajar todos los días no era sorpresa el episodio. Las caras de sufrida resignación ya estaban impresas en todos los pasajeros desde que cada uno había ascendido al vehículo en su respectiva parada. El bus se había retrasado una hora y un poco más, así que la cantidad de prórrogas había permitido una acumulación dentro y fuera, una acumulación de tránsito en la avenida que no lo dejaba avanzar y un amontonamiento de pasajeros dentro del bus, cuyas espaldas chocaban con otras espaldas desconocidas hasta resultar una especie de gran encastre donde era bastante difícil reconocer una persona en particular. 

Los pasajeros conformaban una gran masa de sujetos parados y sentados; apretados y encajados. Era un gran conjunto heterogéneo pero constante, que tenía altibajos pero también cierta monotonía visual. Hubiera sido difícil dilucidar con exactitud dónde terminaba el cuerpo de un pasajero y dónde comenzaba el de otro. Así, la bufanda anaranjada de una muchacha que suspiraba con adorable congoja mirando de reojo cada tanto la hora en su teléfono celular, parecía que continuara en un recorrido visual la cabellera de una señora pelirroja cuya cartera de cuero se abría cada tanto para sacar y volver a deglutir un pañuelo blanco de exageradas proporciones con el que se sonaba la nariz ruidosamente y con movimientos desmedidos, molestando y encajando perfectamente con el brazo pálido de un muchacho flaquísimo y alto de ojos azules y lánguidas pestañas. 

El muchacho quería correrse de al lado de la señora bajita para que dejara de sonarse la nariz tan próximo a su brazo porque cada vez que esto pasaba, el pañuelo y el brazo eran un todo blanco molesto y antihigiénico. El pobre muchacho aleteaba disimuladamente para poder despegarse un poco de la situación, haciendo que su abultada mochila de estudiante tocase de vez en vez como un gato gordo negro remolón e insistente al negrísimo traje de un abogado de serio semblante parado a su lado tratando de sostener su portafolio, al mismo tiempo que mantenía una acalorada conversación con su socio. Tan exaltado estaba el hombre de traje, que a cada palabra esdrújula daba como un estornudo de stress que hacía que su corbata ondulara sobre los rizos rubios de una mujer sentada en el asiento, cuya manija el hombre sostenía furiosamente. Corbata y rizos eran serpentinas festivas a causa de la fresca brisa de smog que se colaba por el vidrio roto del bus. La mujer ya había tratado de cerrarla pero no había podido evitar que un vientito travieso la despeinara, ondeando su cabello en conjunto con la corbata mostaza del abogado espasmódico

La mujer tenía además un hermosísimo chal de animal print que se volvía a enroscar como una serpiente alrededor del cuello cada vez que el viento se lo desacomodaba y cada vez que lo hacía le salpicaba de manchas atigradas el rostro a un hombre bohemio de bigotes finos, cuya mirada de astuto felino brillaban molestos por el incidente. El hombre se ponía cada vez más inquieto por el chal que lo llenaba de manchas mientras sus ojos pardos chispeaban como un tigre reprimiendo sus instintos. El bohemio tenía puestos unos pantalones de cuerina que combinaban perfectamente con los borcegos de cuero y tachas de la muchachita que iba sentada detrás de él, formando una continuación de pantalón y borcego, tono brillante y engomado, porque la muchachita punk tenía la pierna derecha estirada a un lado del asiento de enfrente, haciendo bailotear el pie al ritmo de lo que escuchaba con sus auriculares de vincha, golpeteando sobre el costado del asiento. Casi parecía ajena al malhumor y a la homogeneiad vergonzosa que sufrían los pasajeros. Casi, pero porque la música le construía por lo menos imágenes nuevas en su mente. Cada vez que la canción terminaba, la muchachita punk esperaba con avidez la siguiente para volver a escaparse. Cuando esto pasaba, se mordía las uñas pequeñísimas y despintadas, dirigiendo una mirada de exasperación para aquí y para allá, dentro de la movilidad que la gran acumulación colectivesca le permitía. 

En uno de estos episodios de ansiedad, su mirada se cruzó con la figurita parada cercana a su asiento, una diminuta niña que llevaba una gran cámara de video colgada, cuyas proporciones eran tantísimo más grandes que las de su torso casi plano. Lo que le llamó la atención de ella fue su semblante tan severamente preocupado, un gesto de adulto en aquellos rasgos tan delicados e infantiles. La pequeñita llevaba además un largo trípode que cargaba a un lado de su cuerpo de manera plegada y lo apoyaba con firmeza sobre su remera anaranjada y blanca cuya estampa era el póster de una película.

El aire del colectivo empezaba a ser cada vez más sofocante. La muchacha de la bufanda se la había tenido que desenroscar para poder respirar mejor. La señora pelirroja se había hecho una cola de caballo y ya no se sonaba la nariz pues trataba de respirar por la hendija de la ventana rota y se había olvidado de su alergia. El muchacho pálido ya no soportaba más el peso de su mochila abultada y se la había puesto a los pies, donde los zapatos del abogado la pisaban de vez en cuando porque era tal su desesperación por el horario que no sólo su corbata temblaba ya, sino todo él temblaba, con zapatos y traje elegante incluído que nada le quedaba de recta compostura. La mujer de rulos se había quitado el chal atigrado y se sostenía el cabello con una mano, procurando que la corbata mostaza del abogado no se mezclara en el conjunto. El bohemio parecía un felino enjaulado, rugía de clautrofobia y de rabia. 

La muchacha punk estaba desesperada pues la batería del reproductor de música se le había terminado y ya no podía evadir el hecho de estar aprisionada en un transporte público de una ciudad mediocre. En una de sus miradas en derredor más desesperadas vio que la chiquita cineasta miraba hacia el techo del colectivo con curiosidad tranquila y entonces fue cuando se dio cuenta que muy por debajo del sonido del tránsito había un ruido chirriante que se comenzaba a escuchar cada vez más fuerte. Un sonido como rasposo y repiqueteante sobre la chapa del techo del colectivo, ruidos agudos de algo punzante que se deslizaba y tintineaba, raspaba un largo ruido y punteaba.

El refrescante oxígeno comenzó a entrar como una helada bebida dentro del cuerpo del colectivo pues el techo fue desgarrado, abierto de repente como una lata de atún por una bandada de cuervos que estaba pronta para alimentarse. Griterío, desconcierto, desmayos, divisiones. La homogeneización claustrofóbica había acabado: garras que se llevaban de la bufanda anaranjada a la muchacha; le arrancaban la cartera a la señora desparramando una lluvia de papel tissue; le lastimaban la carne blanca al muchacho de lánguidas pestañas; le arrancaba la cabellera vanidosa enrulada a la mujer; lo ahorcaban al abogado tironeándole de la corbata; lo levantaban de los bigotes al bohemio mientras maullaba de dolor; le rompían a picotazos los oídos a la muchacha punk, mientras que la niña cineasta ya había desplegado su trípode y filmaba la escena.

Agustina Colandrea
Twitter: @sgtpeperina
http://www.misteriosarealidad.com

Imagen gracias a www.elmendolotudo.com.ar

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Misteriosa Realidad: La pequeña Hitchcock
La pequeña Hitchcock
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