La Caja de la Muerte (parte 2)

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Esta caja adquirió esa fama, en virtud de que era y seguía siendo inviolable su apertura debido al complejo mecanismo creado por el citado científico quien, por dinero, había desafiado al mundo entero a que se atrevieran a abrirla sin emplear un método violento...

Continuamos con la segunda entrega de la exquisita novela corta de suspenso del escritor Jorge V. Chingotta, es momento de retornar al mundo de La Caja de la Muerte.




- ¿Y Matías, qué averiguaste?.

- ¿Uhhh, si te lo digo te caes de espalda!.

- No te preocupes, estoy bien sentado. ¡Dale, largá el rollo!.

- No te caerás pero por ahí te desmayás. Mejor primero contame vos cómo va el armado de la caja –inquirió Matías manteniendo el suspenso.

- Ya está casi terminada. Solo me falta hacer las ranuras y practicar apresarla con la maleta trucada. Ahora no me jodas más y pasame la información.

- ¡Agarrate Oscar!. A ver si te suenan los nombres que te voy a mencionar... Uno,... Cátulo Gascón, dos,... Abraham Bronstein, y tres,... Arsenio Vitela.

- ¡Claro que me suenan!. Lo que no recuerdo bien es si son comerciantes o profesionales.

- No te rompas el bocho,... son científicos.

- ¡Ah, sí!. Son algunos de los que apostaron para abrir la caja. ¡Estamos cagados Matías!. Después de lo que vimos, estoy seguro de que estos tipos harán una triquiñuela para conseguir el legado y así recuperar lo perdido y quedarse también con lo demás.

-Mirá Oscar, si los vimos sacando fotos es porque harán algo muy parecido a lo que estamos planeando nosotros.

- Sí, es muy probable. Bueno, no hay más tiempo que perder. Voy a tener la caja terminada lo más pronto posible. Cuando esté lista, te llamo y vamos al Museo. Al respecto creo conveniente que preparemos algo mejor para efectuar el cambio. Estuve practicando algo con la maleta y la caja así como está y me da la sensación de que si hay gente en la sala, aunque sean dos o tres, nos será imposible hacerlo de esta forma sin que nadie se de cuenta.

- Y bueno Oscar, si es para mejorar el plan bienvenido sea.

Tal como venía la cosa, los doctores ya tenían todo preparado para llevar a cabo su estratégico proyecto. Para tal fin habían hecho algunos cambios para mejorarlo y poder ingresar al Museo con la imitada caja. Asimismo decidieron actuar el venidero martes.

Trascurría dicho día cuando los cinco colegas arribaron a las cercanías del edificio, con la consigna de que primero entrara uno para observar si había demasiada gente en la sala. Cuando retornó informó que solo había tres personas. A continuación se dividieron en dos partes, cuatro por un lado y el Dr. Vitela por el otro quien ingresó portando una carpeta. Estando a dos pasos del guardia de entrada, hizo como que tropezó con el umbral cayendo al piso hacia el interior, soltando la carpeta de la cual se desparramaron la mayoría de los papeles que contenía. El guardia enseguida le prestó ayuda para levantarse y recoger los papeles. Esta acción provocó que varios visitantes se ubicaran en derredor para saber que había ocurrido. Ese instante lo aprovecharon sus cuatro colegas, para entrar con una bolsa en la que llevaban la caja trucha.

Al ver que en la sala aún estaban las tres personas, una de las cuales se fue segundos después, el Dr. Bronstein tomó una arriesgada determinación. Dirigiéndose a los dos visitantes que quedaban les dijo que a raíz de un incidente producido en el pasillo de entrada, debían salir de la sala porque el Museo sería cerrado. Las dos personas acataron la orden y retiraron, tal vez creyendo que quien les habló y sus acompañantes, eran directivos de esa institución y quizás también para conocer lo que había sucedido en el pasillo.

Salieron justo en el momento en que estaban juntando los últimos papeles, mientras el Dr. Vitela se masajeaba la pierna y la rodilla simulando dolor por el golpe y también seguían rodeados por algunos otros visitantes hasta que se aclaró la situación.

Lo importante era que, con la sala vacía, los científicos hicieron el cambio en pocos segundos y salieron pasando ante la vista del Dr. Vitela, para que se diera cuenta que la misión había sido cumplida.

No más de cinco minutos después, el Dr. Vitela se juntó con el grupo y con sus respectivos coches se dirigieron a la casa quinta de Pilar. Dentro de ella, lo primero que hicieron fue un brindis con champán y felicitarse mutuamente.

- ¡Muy bien señores!. Llegó el ansiado momento de descubrir la combinación de esta caja. No debemos perder demasiado tiempo para poder hacer nuevamente el cambio, antes de que alguien se entere que la caja que está en la sala no es la original. Sugiero que anotemos cada movimiento que hagamos con los deslizadores, para no repetir lo ya visto y así, por descarte, creo que finalmente lograremos abrirla – manifestó el Dr. Bronstein.

- Es correcto lo que usted dice doctor, pero tenga en cuenta que estaremos buscando una combinación entre quizás mil de ellas.

- ¿Ojalá fueran mil!. Yo creo que son varios miles – acotó el Dr. Bustos.

- Bueno, para que nadie se canse, propongo que cada uno de nosotros efectúe tres intentos, uno con cada perilla – planteó el Dr. Olazábal.

- Está bueno eso doctor, pero permítame hacerle un agregado. Para llevar el control de las anotaciones consideremos a la perilla de la izquierda como “A”, la del medio como “B” y la de la derecha como “C”. Quien comience debe hacerlo con la perilla “A”, deslizarla del modo que guste y si se traba, continúa con la perilla “B” y si vuelve a trabarse, sigue con la perilla “C”. Y, tal como dijo el Dr. Bronstein, no hay que olvidarse de anotar cada movimiento, sea vertical u horizontal completó el Dr. Vitela.

- También para no perder el control, es conveniente que la ronda comience según el orden alfabético de nuestros apellidos. Si no hay objeción, le pertenece ese privilegio al Dr. Bronstein –opinó el Dr. Bustos.

- ¿Por qué le da el carácter de privilegio? –inquirió el Dr. Vitela.

- Bueno, porque es el único que puede lograrlo en una de las tres ocasiones que tiene y los demás quedamos afuera y sin mover ni una perilla. Aclaro que no lo digo por envidia... Sería más que fantástico que así suceda y no perderíamos el tiempo, que podría llevarnos varios días – aclaró el Dr. Bustos.

El intento del Dr. Bronstein no dio el resultado esperado y continuaron con la ronda preestablecida.

Ese mismo martes a la noche, Oscar y Matías recién pudieron tener todo listo para concurrir al Museo y proceder al cambio de cajas, por lo tanto, decidieron hacerlo al día siguiente.

El miércoles se acercaron y comenzaron a aplicar un renovado plan. El primero en ingresar a la sala en la que había cuatro personas, fue Matías quien, pasados diez minutos le habló a un guardia que andaba merodeando por el lugar.

- Señor, disculpe que lo moleste pero siento que me estoy por desmayar. Sufro de baja presión y he llamado a mi médico de cabecera quien me aseguró que en pocos minutos vendrá para aquí –dijo mostrando su teléfono celular y expresándose entrecortadamente como si estuviera mareado- Yo lo voy a esperar sentado en el suelo y en este rincón.

- ¿Pero hombre, cómo va estar en el suelo?. Mejor siéntese en esa silla –le indicó el guardián.

- ¡No señor, mi médico me retaría!. Si me agarra el desmayo me caería de la silla y hasta podría romperme la cabeza. Le agradezco, pero no puedo –argumentó mientras se sentaba en el suelo apoyando su cuerpo en el rincón.

- ¿Cómo se llama el doctor?.

- Cosme García. Ahora perdóneme pero me siento mal y me está costando hablar –le avisó Matías entrecerrando los ojos.

En ese momento, dos de los visitantes se retiraron dado que no les era agradable permanecer donde había un hombre enfermo. Los otros dos, al parecer, querían ver en que terminaba lo que estaba ocurriendo.

Pasados otros 10 minutos llegó Oscar con la maleta que contenía la caja falsa, diciendo que era el doctor Cosme García y que venía a atender a su paciente, que estaba dentro y a punto de desmayarse.

Otorgado el permiso, entró a la sala y pidió que se retiraran las visitas y no entrara nadie mientras atendía al paciente. Primero procedió a auscultarlo y luego extrajo de la maleta los elementos para tomarle la presión arterial, con ellos preparados le pidió al guardia que le trajera un vaso con agua.

Cuando quedaron solos, rápidamente hicieron el cambio de cajas y volvieron a ubicarse como lo estaban en un principio. Volvió el guardia con el agua que el falso médico (Oscar) dio a beber al falso paciente (Matías).

Hecho esto, Oscar puso fin a la farsa comunicándole al guardia, que el paciente estaba algo mejor y que se lo llevaría en su auto.

Con el supuesto tesoro en sus manos, en esta ocasión no fueron a un bar sino directamente a la vivienda del divorciado Matías. Mientras éste preparada dos copas de whisky, Oscar retiraba la caja de la maleta depositándola sobre la mesa. Tras ello, brindaron por el éxito obtenido, bebiendo el whisky servido.

- Bueno Matías, ya la tenemos, ahora solo falta forzar la cerradura y rehacerla de modo que oportunamente nos sea posible abrirla, para cuando presentemos el desafío y recibamos el testamento que está ahí dentro –expuso Oscar con total convencimiento.

- ¿Cómo será la combinación que inventó ese fallecido Dr. Quijera, que ninguno de los científicos haya podido abrirla?... ¿Qué increíble, no?.

- Sí Matías, es realmente increíble... A ver,... probá hacerlo que a lo mejor tenés más suerte que todos los que lo intentaron.

- ¿Por qué no? –aceptó el convite y en cuanto movió una de las perillas deslizantes, la tapa se movió, no se levantó pero se notó que el cierre se había soltado-.

¡Uh, me parece que se abrió!... Mejor dicho, yo logré hacer de una, lo que no pudieron decenas o centenas de científicos de toda índole –exclamó eufórico, pero en cuanto levantó la tapa y miró dentro, la alegría se transformó en sorpresa mezclada con furia-.

¡La P.. que los P....!. ¡Nos cagaron!. ¡Esos científicos de mierda nos madrugaron!. Esta es una caja recontra trucha. Hicieron lo mismo que nosotros pero antes que nosotros.

-¡Somos unos reverendos boludos!. ¡Tanto laburo para nada! –se lamentó Oscar.

- ¿Y ahora qué hacemos,... la tiramos al carajo? –le preguntó su desconsolado compinche.

- ¡Nada de eso Matías!. Lo que vamos a hacer es ir a recuperarla, yendo a la casa del doctor o científico que la tenga.

- ¿Y cómo Oscar?.

- Robando un auto. Con él nos estacionaremos cerca de una de las casas de cualquiera de los tres domicilios que tenemos y en cuanto sale, lo seguimos tantas veces como sea necesario, hasta saber en que lugar se reúnen. Si me vence el sueño vos te quedás despierto y viceversa. Si tenemos hambre comemos dentro del coche. ¡No voy a permitir que todo el trabajo que nos costó preparar y ejecutar el plan vaya a parar todo a la basura!... ¡No, no y no!.

- Sí, tenemos que hacerlo pronto porque, si suponemos que el plan que tienen es igual al nuestro, en cuanto descubran como se abre, harán otra vez el cambio y se postularán para el desafío y, desde luego que se llevarán el legado.

- Yo no supongo nada Matías, estoy bien seguro que justamente planearon lo mismo y dado que son científicos, y en esto te doy la razón, no me extrañaría que muy pronto logren descubrir la combinación. Hay que actuar ahora mismo. A ver, dame el papel donde anotaste los domicilios
de los tres doctores.

- Sí, ya te lo doy –dijo Matías yendo a buscarlo dentro del cajón de un mueble-. Acá lo tenés.

- Veo que dos domicilios son de esta ciudad, no muy lejos de aquí y la otra es de un barrio privado de Pilar. Allí vive este tal Gascón y tal vez, sea el lugar de reunión de los cinco, por lo apartado y por la tranquilidad que debe haber en el lugar.

- Disculpame Oscar pero yo pienso lo contrario. Si tres o quizás los cuatro viven en esta ciudad, no serán ellos los que vayan a Pilar, sino más bien que el de Pilar venga hacia acá.

- Sí, podría ser. Entonces vamos a aplicar lo más conveniente. Estimo que esta gente trabaja por la mañana hasta la una de la tarde y que alrededor de las trece y treinta estarían en sus casa para almorzar, lo que les llevaría otra hora y media. Quiere decir que a partir de las tres de la tarde, podrán salir para reunirse. En definitiva, vos vigilá la casa de Abraham Bronstein. Si ves que dejó el coche en la calle, es porque volverá a salir y no te vas hasta tomar nota de la hora que sale. No creo que tengas que esperar mucho más de una hora. Yo haré lo mismo en la casa de Arsenio Vitela. Después nos reunimos en el "Bar Gueño", sea la hora que fuere. Quien llega primero espera.

- ¿Y qué logramos con esto, Oscar?.

- ¿Cómo. no te avivaste?. Si ambos salen más o menos a la misma hora, es señal de que el encuentro de los cinco se hará en otro lado y que, supongo, será en el barrio de Pilar. Además, es el mejor lugar para los cuatro que arriben allí, tengan dónde dejar sus coches estacionados.

-¡Sí Oscar!... Seguro que se juntan allí. Acá en la ciudad no hay lugar donde dejar cuatro coche juntos cerca de la casa de uno.

- ¡Ah, veo que te diste cuenta!. Bueno, mañana procederemos a ejecutar esta vigilancia.

Ese jueves, Oscar y Matías se encontraban observando las respectivas viviendas, tratando de pasar desapercibidos. Cada uno tomó nota de lo que vio y alrededor de las cinco de la tarde, se juntaron en el "Bar Gueño", con muy poca diferencia uno de otro.

- ¿Hace mucho que me estás esperando?.

- No Matías, hace poco más de diez minutos... ¿Y, cómo te fue?.

- Bien. Ese tal Bronstein tenía estacionado el auto frente a su casa. A las cuatro y siete minutos salió, subió al coche y partió en dirección norte a todo trapo.

- ¡Qué bueno!... Porque el doctor Vitela también había dejado el auto afuera y salió a las cuatro menos cuarto y en la siguiente esquina dobló hacia el norte. Ya no me quedan dudas de que se reúnen en la vivienda de Pilar. Esta noche levantamos un auto o se lo afanamos a quien pare cerca nuestro y mañana, a las cuatro y media de la tarde, vamos para allá.

- ¡Pará Oscar!... ¿Vos te creés que vas a entrar a un barrio cerrado cómo perico por su casa?.

- Sí Matías, porque llevaré una tijera que corta los alambres y entraremos bien alejados de la guardia que debe haber en la puerta de entrada. Luego será cuestión de ver dónde están estacionados juntos, cuatro o cinco coches.

Siguieron conversando, preparando y puliendo el modo que emplearían desde el robo del auto, el ingreso al barrio privado y hasta entrar en la propiedad del Dr. Arsenio Vitela; luego abonaron lo consumido y se retiraron.

En la madrugada del viernes, Oscar y Matías portando armas más una fuerte tijera, una linterna, un tarro pequeño de pintura blanca y un pincel fino; se escondieron cerca de donde había un semáforo y escaso paso de vehículos, a la espera de que alguno pare con la luz roja sin que haya testigos.

Luego de una no muy extensa espera, un automovilista solitario se detuvo ante el semáforo en rojo y de inmediato fue asaltado por el par de malhechores. Lo hicieron bajar, ellos subieron al coche con todos los elementos mencionados y partieron velozmente, para detenerse en un estratégico lugar donde, a la luz de la linterna mantenida encendida por Matías, Oscar con el pincel cargado de pintura blanca, transformó una letra “C” en una “O” y un número “6” en un “8”.

Seguidamente, se trasladaron hasta otro lugar más cercano a sus viviendas donde dejaron al auto estacionado entre otros, retornando a pie a sus respectivos domicilios.

A las cinco de la tarde de ese mismo viernes, fueron en busca del coche pero antes, cerciorándose de que no hubiera nadie sospechoso en las cercanías y poder usarlo sin inconvenientes.

Tomando las últimas precauciones, en un oportuno momento abordaron el coche y partieron raudamente hacia la localidad de Pilar. Detuvieron la marcha cuando aún faltaban unos trescientos metros por recorrer, con la intención de seguir a pie para internarse en la maleza que rodeaba al barrio y acercarse al alambrado de un lateral, más o menos en la mitad de su extensión.

Allí, Oscar con la especial tijera, cortó una parte de los alambres, formando un espacio como para que pasen holgadamente sus cuerpos y escondiendo la herramienta usada entre los pastos.

Estando ya dentro del predio, comenzaron a recorrerlo con suma prudencia, ocultándose de tanto en tanto, tras lo árboles o arbustos que había en el lugar, hasta llegar al camino principal, a partir del cual, se movieron como sin fueran habitantes de ese barrio, hasta que lograron ubicar la casa del Dr. Gascón, ante cuyo frente y alineados, había cuatro autos, dos de los cuales fueron inmediatamente reconocidos por sus patentes.

- ¡Es ahí Oscar!...¿Que hacemos?.

- Haremos lo que ya tenemos planeado, pero ahora que veo que una de las ventanas está abierta, tenemos que reajustarlo. Lo haremos de la siguiente manera. Tocaré el timbre pero vos te quedás a un costado, para que no te vea si quien atiende abre la mirilla. De ser así, cuando me pregunte que hago allí, le digo que llamé para avisarle que uno de los coches está despidiendo humo y que tal vez, se esté prendiendo fuego. Sea que quiera salir para ver si es cierto o llame a los demás, en cuanto se abre la puerta, los empujamos de sopetón hacia dentro, amenazándolos con las armas... ¿Lo entendiste?.

- Sí, perfectamente Oscar, pero hay algo que no previmos y que me vino ahora a la cabeza. Ponele que entramos y nos apoderamos de la caja. En cuanto nos vamos, pueden denunciarnos como que nosotros hicimos el cambio y cuando vean que la que está en el Museo es una caja trucha, no podremos reclamar el premio y encima, si nos descubren, hasta podríamos ir en cana.

- Bueno Matías, eso sería si los dejamos vivos.

- ¿Qué querés decir,... que vas a matar a los cinco?

- No exactamente. Lo que quise decir es que los dos vamos a matarlos.

- ¡Es una locura Oscar!.

- Locura es no aprovechar la mejor oportunidad que tenemos, para salir de la pobreza que nos obliga a delinquir.

Parece que a vos te gusta seguir pungueando por unos míseros pesos.

- ¡No, no me gusta!... Es que me parece demasiado brutal.

- Bueno, si no tenés huevos andate, lo haré yo solo pero vos mutis para siempre, porque sino le irás a hacer compañía a estos cinco, allá en la eternidad.

- Tenés razón otra vez...¡Basta de miserear,...vamos ya! –se decidió Matías.

- ¡Así me gusta, carajo!. Ahora prestá atención. Primero nos acercaremos y miraremos hacia el interior. Esto con mucho, mucho cuidado, porque pueden estar reunidos justo en esa habitación.

Se aproximaron y efectivamente allí estaban los cinco científicos sentados en derredor de una mesa, sobre la que estaba la deseada caja y en la que uno de ellos manipuleaba las perillas.

- ¿Viste Oscar?... Parece que aún no descubrieron la combinación –dijo Matías en muy baja voz.

- Sí, lo vi y este es el momento ideal para tratar de entrar. Vos ubícate como te dije que yo pulsaré el timbre.

En ese instante, mientras el dueño de casa se acercó a la puerta, el Dr. Bustos se dirigió al baño.

Confiado en que quien llamó sería un vecino, el Dr. Gascón directamente abrió la puerta, siendo empujado hacia atrás por los dos mafiosos, armas en mano, al tiempo que proferían la orden de no moverse ni gritar, porque se trataba de un asalto.

De por sí, ante las sorpresiva invasión y orden emitida, los restantes colegas había quedado mudos, menos el Dr. Bustos quien, al salir del baño, se dio cuenta de lo que estaba sucediendo y extrayendo una pistola disparó hacia los delincuentes, no con demasiada puntería, aunque una de las balas dio en un brazo de Matías y tanto él como Oscar, se escudaron detrás de los científicos y repelieron el ataque, asomándose para disparar y agacharse tras hacerlo, en tanto que el Dr. Bustos se parapetó tras un recodo de la pared y también se asomaba para disparar.

Desgraciadamente, dos tiros seguidos del Dr. Bustos dieron en la caja que hizo explotar una bomba que había dentro y que desparramó esquirlas por todos lados, impactado en la cabeza y el cuerpo de los dos delincuentes y de dos científicos y en el cuerpo de un tercero. Este inesperado estallido, dejó un saldo de cuatro muertos y un herido grave que luego también falleció.

En definitiva, los muertos fueron los mafiosos Oscar Colombo y Matías Mesiano y los científicos Cátulo Gascón, Arsenio Vitela y Crispín Olazábal. Milagrosamente quedó ileso el Dr. Abraham Bronstein y también el Dr. Conrado Bustos, que había estado alejado del estallido.

Cuando trascendió la expresada tragedia, los comentarios se retrotrajeron a la venganza anunciada oportunamente, por el creador de la caja, habida cuenta de que explotaría no bien lograran descubrir la correcta combinación y más que nunca demostró ser una verdadera CAJA DE LA MUERTE.

Jorge V. Chingotta
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Misteriosa Realidad: La Caja de la Muerte (parte 2)
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