Horóscopo mental (Cuento en un hospital psiquiátrico)

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Luego de que la totalidad de los pósters fueron colocados en la pared, alineados con cuidado por la enfermera de turno, los pacientes que se encontraban en la sala de recreación en ese momento se quedaron al instante embobados observando las imágenes que mostraban. Eran doce hermosísimas ilustraciones a colores muy vivos pero algo desgastados porque eran viejas impresiones de los años 60. Eso las hacía aún más bonitas, pues cada signo zodiacal tenía como una textura y un barniz de otra época que hacía aún más cálida la paleta. Amarillos con rojos; azules con anaranjados; morados intensos con rosados eléctricos, formaban bellísimas representaciones femeninas del horóscopo.

Luego de que la totalidad de los pósters fueron colocados en la pared, alineados con cuidado por la enfermera de turno, los pacientes que se encontraban en la sala de recreación en ese momento se quedaron al instante embobados observando las imágenes que mostraban. Eran doce hermosísimas ilustraciones a colores muy vivos pero algo desgastados porque eran viejas impresiones de los años 60. Eso las hacía aún más bonitas, pues cada signo zodiacal tenía como una textura y un barniz de otra época que hacía aún más cálida la paleta. Amarillos con rojos; azules con anaranjados; morados intensos con rosados eléctricos, formaban bellísimas representaciones femeninas del horóscopo.
 
Todos los pacientes del hospital mental cuyo horario indicaba que a esa hora debían tener su espacio creativo, habían dejado lo que estaban haciendo hacía unos minutos para contemplar con extrañeza unos con deleite, otros con desconfianza, las féminas con fondos geométricos que danzaban en el papel.

La enfermera observó la pared a una distancia prudencial para visualizar si al conjunto de láminas las había colocado en forma pareja y distributiva. Hizo un gesto de negación y se volvió a acercar para poder acomodar a Géminis, que parecía un poco torcido quizás a causa de ser dos muchachitas y no una sola, pensó divertida por su sencillo chiste. Volvió a alejarse y ahora sí: doce perfectas láminas cuya representación de los signos zodiacales iba no sólo a adornar bellamente el salón, sino que, como le había comunicado al director, había pensado en lo productivo e interesante como recreación que sería si los pacientes comenzaran a querer indagar y leer sobre cuestiones de astrología para que se conozcan ellos mismos desde un punto de vista más metafísico ya que los signos zodiacales en la astrología representan a las doce personalidades básicas.

El primero en acercarse fue un muchacho altísimo y enérgico que parecía tener electricidad en todo el cuerpo porque movía las piernas y brazos sin poder estarse quieto en un lugar fijo. La enfermera lo miró con una sonrisa y le señaló una lámina que se encontraba casi al final del conjunto. Se trataba de la ilustración de una muchacha con una larguísima cabellera azul recogida en una trenza que se le enroscaba alrededor del cuerpo infinitas veces hasta terminar en una punta filosa. Llevaba un mini vestido a furiosas rayas rojas y verdes, estallando del papel con esa opuesta complementación. Era el póster de la apasionada escorpiana. El muchacho sonrió, aplaudió, dio unas cuatro vueltas sobre sí mismo, se alzó en el aire y finalmente cuando se hallaba en alto, antes de caer sobre las baldosas, chocó los talones fuertemente.

Todos los pacientes de la sala rieron al unísono, como si lo hubiesen ensayado al contemplar esas morisquetas graciosas de alegría que hizo el muchacho al enterarse de que pertenecía al grupo de los intensos escorpianos. 

La enfermera controló su ataque de risa y se incorporó seriamente para acomodarse la cofia y alisarse la falda del uniforme. Se acercó a ella una jovencita tímida de un cabello tan rubio que era más blanco que su bien planchada falda. La pequeña llevaba unas gafas rosas muy bonitas pero demasiado grandes para su rostro diminuto. Una gran hebilla celeste pastel apresaba los mechones de cabello de su sien derecha, donde una tierna pelusilla nacía y terminaba en su moflete color durazno. No miraba a la enfermera, sino que se había detenido al lado de ella mirando hacia abajo, observando cómo sus zapatitos negros de charol se pisaban unos a otros en un gesto de timidez. La enfermera se agachó hacia ella y la tomó por los hombros con delicadeza, cuidando de no hacer movimientos bruscos ni tocarle la finísima piel. La invitó a mirar hacia el medio de la fila de láminas, donde una hermosísima muchacha con cabellos de trigo sostenía en una mano de marfil, una margarita hippie blanca, mientras que miles de mariposas multicolores le besaban el cuerpo virginal, ocultando y protegiendo su desnudez. La muchacha llevaba unas gafas casi idénticas a la niña, lo que la hizo sonreír de oreja a oreja. Era la analítica y detallista del signo de Virgo. 

Todos los presentes sonrieron al contemplar a la niña que estaba tan alegre de ser representada por una ilustración con una paleta de colores tan delicada y tan llena de distintas pinceladas en cada ala de mariposa. 

La enfermera dejó que la niña se acercara hacia la lámina y observara con detenimiento cada detalle. Seguramente permanecería allí por lo menos una hora para poder observar con detenimiento cada una de las partes que componían la pintura y poder retenerlas en su memoria visual. Cuando dio una vuelta sobre sí misma para darle más espacio a la niña, casi tropieza con los lápices de colores de un niño que la miraba sentado muy tranquilo en el suelo entre un revoltijo de papeles. La miraba seriamente, todavía con un lápiz celeste en la mano pues no había cesado de intentar copiar unas olas de agua que había visto en el póster de Acuario. La enfermera le acarició la cabeza con ternura y le señaló el póster de una muchacha con el ceño fruncido y mirada desafiante. Llevaba un casco plateado de ciencia ficción con grandes cuernos de toro y lucía un ajustado uniforme intergaláctico marrón que acompañaba su pose sensual de guerrera espacial. El niño quedó prendado de la bárbara fémina que representaba al perseverante y posesivo signo de Tauro.

Todos los presentes miraron con ternura al niño boquiabierto, pues tenía el rostro radiante y los ojos le brillaban de emoción. En seguida sacó un lápiz plateado del montón y comenzó a bocetar a su diosa mitológica con esa testarudez de taurino.

La enfermera reprobó el desorden del niño y la desprolijidad de su aspecto, pero como parecía un ñiñito artista solamente le arregló la camisa enérgicamente y lo dejó ser. ¿Quién sería el próximo en descubrir su signo? Se preguntaban los pacientes de la sala. Todos temían saber a qué signo pertenecían porque eso los definiría para siempre frente a todos, pero también los haría conocer sus rasgos básicos de personalidad con sus items positivos y negativos claramente descriptos al pie de cada ilustración.

Y justamente una muchacha de enrulados cabellos color ámbar estaba leyendo cuidadosamente la descripción del signo de Leo cuya fémina modelo estaba retratada de la manera más sensual de todas: un vestido de círculos calados que dejaban ver con descaro aquí y allá su dorada piel y portaba en la testa una corona de oro y rubíes pues era un orgulloso león, la reina del zodiaco. La muchacha leía complacida la descripción del signo porque parecía reconocerse en cada rasgo y estar orgullosa de pertenecer al signo de fuego con más ego. Cuando terminaba de leer, volvía al comienzo del párrafo tirándose los rizos hacia el costado opuesto y volvía a sonreír atractivamente, como felicitándose por manifestar cada rasgo a la perfección como el zodiaco lo manda. Así estaba ella ensimismada en la lectura cíclica cuando la enfermera, que conocía muy bien a cada uno de los miles de pacientes de su sala porque era una profesional insufrible, se le acercó con la esterilidad que tienen las enfermeras y, alzando una blanca y ajada mano le comunicó con un tono amablemente entrometido que ese no era el signo al cual pertenecía. La muchacha se irguió en toda su femeneidad y entornando los ojos gatunos le dijo que debía ser un error pues la lámina de leo no sólo se parecía mucho a ella sino que también las características del signo la describían tal cual era su personalidad.

La enfermera a su vez le contestó, con el mismo tono exasperantemente almidonado, que ella había nacido a principios de abril, por lo que su signo era claramente el signo de Aries. La muchacha miró hacia el póster de Aries con desconfianza, de lejos. Sin convencerse ni un poco, le dijo que era una estupidez lo que estaba diciendo porque ella se conocía bien y jamás podría pertenecer a un signo de aire. La enfermera sabía bien cuán cuidadosa se debía ser con la paciente de la 612 porque era una chica con una personalidad intensa que rayaba en lo agresivo si se la provocaba con la crítica. Entonces, muy hipoalergénicamente como siempre, la enfermera reiteró la información que la muchacha negada parecía no querer entender: que ella era de Aries porque había nacido tal día, no podría ser leonina una mujer nacida en abril, así simplemente. La enfermera alargó un gesto para tranquilizar la ansiedad de la paciente y quiso acomodarle un mechón rizado de la frente que se le había escapado del conjunto a causa de la exaltación en aumento por la negativa ante su afirmación de pertenecer a los de Leo. La muchacha se apartó bruscamente y se agazapó por detrás de un escritorio de roble oscuro con una rapidez elástica. 

La enfermera salió por un segundo de su quietud esterilizada y dio un respingo, pero en seguida se compuso e instó a la joven para que saliera de su escondite. Ninguna contestación se escuchó. La joven parecía estar en una especie de estado de alerta o de alta concentración. La enfermera no se asombro mucho, era normal en un paciente hiperactivo tener estados de extrema e inhumana quietud.

Un ruidito se escuchó detrás, mínimo. La enfermera llegó a observar un tanto asombrada que la joven parecía haber mutado ligeramente y se estiraba hacia atrás con la sensualidad propia del felino. Estaba metamorfoseándose ante sus ojos a través de una especie de ritual de acecho animal. Las orejas hacia atrás, la cola meneándose, provocativa en lo alto y peligrosa.

Todos los pacientes aplaudieron complacidos cuando la joven saltó detrás del escritorio y se zampó de un bocado a la hipoalergénica enfermera, de la que sólo quedó la cofia salpicada de rojo. En la sala todos los pacientes murmuraban lo mismo: la joven sí era de leo, sin dudas, pues lo había demostrado. La enfermera se había equivocado, por primera vez la enfermera sabihonda se había equivocado.

Agustina Colandrea
Twitter: @sgtpeperina
http://www.misteriosarealidad.com
Imagen gracias a www.friki.net


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Misteriosa Realidad: Horóscopo mental (Cuento en un hospital psiquiátrico)
Horóscopo mental (Cuento en un hospital psiquiátrico)
Luego de que la totalidad de los pósters fueron colocados en la pared, alineados con cuidado por la enfermera de turno, los pacientes que se encontraban en la sala de recreación en ese momento se quedaron al instante embobados observando las imágenes que mostraban. Eran doce hermosísimas ilustraciones a colores muy vivos pero algo desgastados porque eran viejas impresiones de los años 60. Eso las hacía aún más bonitas, pues cada signo zodiacal tenía como una textura y un barniz de otra época que hacía aún más cálida la paleta. Amarillos con rojos; azules con anaranjados; morados intensos con rosados eléctricos, formaban bellísimas representaciones femeninas del horóscopo.
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