Cuentos cortos de terror: El misterioso autoestopista

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Era una noche tenue, la luna alumbraba el lugar con su hermosa presencia, mientras la fogata que este par de novios habían hecho en medio de un bosque de eucalipto, consumía los troncos secos esparcidos por el suelo. Las llamas del fuego se mecían al ritmo del viento leve y abrazados, comentaban historias de misterio y terror para consumir las horas.

Era una noche tenue, la luna alumbraba el lugar con su hermosa presencia, mientras la fogata que este par de novios habían hecho en medio de un bosque de eucalipto, consumía los troncos secos esparcidos por el suelo. Las llamas del fuego se mecían al ritmo del viento leve y abrazados, comentaban historias de misterio y terror para consumir las horas.

¿Te conté lo que le ocurrió a un amigo, ya hace un par de años?
—No... pero ya que me lo dices, adelante. Creo que es una buena noche para ese tipo de relatos escabrosos. 
Bueno, de hecho fue a su primo... pero debo decir que hasta el día de hoy no sabe cómo sucedió y no ha dejado de contar su experiencia.
Ok, te escucho entonces amor.—

Resulta que Diego, tal era su nombre—, iba conduciendo por una carretera comarcal de aquellas en donde no suelen haber habitantes en los alrededores y la oscuridad tan solo se veía aclarada por las luces del vehículo o cuando milagrosamente por allí, una pequeña choza tenía un poste que alumbraba casi nada. De pronto y a lo lejos, observó un hombre joven con el pulgar levantado, el clásico autoestopista. Al disminuir la velocidad pensando recogerlo ya que el frío era intenso y sin observar peligros extraños, quedó consternado cuando se dio cuenta que detrás de los arbustos y árboles de la carretera, asomaron 3 compañeros suyos.

Considerando quizás que están abusando de su generosidad, o tal vez alarmado ante la posibilidad de que se trate de una banda de atracadores, típico de aquellos sucesos en los lúgubres sitios desolados, Diego decidió en último momento no recogerlos.

Pero aquellas personas se encontraban ya bastante cerca del coche, por lo que Diego pisó el acelerador a fondo, alejándose tan rápido como pudo y aliviado a la vez del susto que se llevó. Mientras avanzaba, observaba por el espejo retrovisor que aquellos estaban enojados, encendían sus linternas, gritaban y chillaban, mientras el Diego huía a gran velocidad.

Feliz de haber logrado escapar a tiempo, seguía su camino unos kilómetros sin detenerse. Sin embargo, al comprobar que el indicador de gasolina se acercaba a cero, y sintiendo que ya estaba lo suficientemente alejado de los misteriosos autoestopistas, decide parar en una estación de servicio.

Acto seguido observó que el operario de la gasolinera, lívido como la cera, se apartó horrorizado del coche. Diego bajó para ver qué es lo que pasaba, y quedó paralizado de horror ante lo que estaban viendo sus ojos.

Agarrados a una de las manijas de la puerta habían cuatro dedos humanos, sin sangre, perfectamente mutilados y pegados al fierro. Minutos más tarde llegaba la policía a investigar los sucesos y nunca pudieron entender cómo fue posible que esos dedos no tuvieran huellas digitales humanas. Diego no pudo ser culpado de nada por lo que quedó libre de sospechas.

Según cuenta, desde aquél entonces y al menos una vez por semana, tiene pesadillas similares a lo que sucedió hace un par de años por aquella carretera.

—Que miedo amor...  y qué historia más extraña. ¿será real?
—No lo sé cielo, pero no creo que sea capaz de inventar tal testimonio, pues sus ojos lo delataban cada vez que hablaba... tu te puedes dar cuenta cuando alguien miente, su mirada es diferente, pero la de él no...

Y mientras el viento iba apagando de a poco la fogata, la joven pareja se refugiaba en la pequeña carpa que habían armado en medio del bosque de eucalipto, aquella noche tenue donde la luna brillaba con su fuerza y el alba estaba próxima a aparecer.  

Alex Méndez Romero
alexm4d@hotmail.com

http://www.misteriosarealidad.com

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Cuentos cortos de terror: El misterioso autoestopista
Era una noche tenue, la luna alumbraba el lugar con su hermosa presencia, mientras la fogata que este par de novios habían hecho en medio de un bosque de eucalipto, consumía los troncos secos esparcidos por el suelo. Las llamas del fuego se mecían al ritmo del viento leve y abrazados, comentaban historias de misterio y terror para consumir las horas.
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