Ciudadano ejemplar: delirios de persecución (cuento)

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Nuestra enemistad había comenzado hacía bastante tiempo, no sabría precisarle una fecha exacta. Sí puedo afirmar por supuesto que al principio no era de temer la situación, pero dado un tiempo prudencial y cuanto más frecuentaba pasar por allí, la cosa se empezó a poner grave. Porque fíjese usted que es una tontería quizás, una nimiedad que por haberme reído cuando el señor se tropezó (cosa frecuente, ya lo dijo algún crítico ruso formalista: el ser humano se ríe del ridículo sin remedio y de la torpeza de lo mecánico, de lo fuera de lugar) me esté sucediendo esta cadena de desgracias, estos accidentes cada vez más graves.

Nuestra enemistad había comenzado hacía bastante tiempo, no sabría precisarle una fecha exacta. Sí puedo afirmar por supuesto que al principio no era de temer la situación, pero dado un tiempo prudencial y cuanto más frecuentaba pasar por allí, la cosa se empezó a poner grave. Porque fíjese usted que es una tontería quizás, una nimiedad que por haberme reído cuando el señor se tropezó (cosa frecuente, ya lo dijo algún crítico ruso formalista: el ser humano se ríe del ridículo sin remedio y de la torpeza de lo mecánico, de lo fuera de lugar) me esté sucediendo esta cadena de desgracias, estos accidentes cada vez más graves.

Usted podrá decir quizás que justo me vengo a meter con este tipo de empleado cuando por ejemplo si me hubiera pasado con otro funcionario público, lo más grave sería que no me podaran el árbol de enfrente a mi puerta, pero quien se imaginaría que por reírme de un viejecito que se resbaló y cayó sobre la acera como una bolsa de papas, iba a ponerse el policía de tránsito que observó toda la escena tan vengativo con un ciudadano porque le caí antipático obviamente al instante.

Porque eso es lo que soy, un pobre ciudadano que paga sus impuestos y sin embargo aquí me ve, lloriqueando en el consultorio de un psiquiatra porque un funcionario ha armado una astuta red de incidentes en mi contra sólo por tener en frente de él una actitud que podría haber tenido cualquiera: un ataque inocente de risa que salió sin querer porque en verdad no me burlaba del pobre viejito sino que cayó tan inesperadamente y de una forma tan graciosa con su bastón que voló por el aire con un zumbido de caricatura... que no pude evitar reírme como un niño frente a un episodio de Bugs Bunny. No me mire de esa manera, doctor. Le juro que cuando lo racionalizo no me causa la más mínima gracia.

Y ahora es obvio que usted me va a decir que soy un exagerado, que me imagino los incidentes por la culpa que me remuerde al haberme reído del viejito. Y no es así. Mire sino estos moretones... ¿Sabe lo delicada que fue la situación que los provocó? No fue un accidente casero. El accidente ocurrió al día siguiente de mi pelea con el policía de tránsito, lo cual no fue casualidad. Ocurrió un enfrentamiento, sí, doctor, yo no me imaginé la antipatía para conmigo por parte del policía porque luego de que el anciano cayera, el bastón saliera volando como un boomerang pegándole al anciano un golpazo en el cráneo pelado y yo comencé a reírme como un loco a pesar de intentar contenerme y el policía dejó su puesto para insultarme de arriba a abajo mientras ayudaba al anciano a recuperarse y casi nos vamos a los golpes de no ser porque ambos teníamos obligaciones que atender. 

Resultó entonces que al día siguiente como bien le dije estaba yo por cruzar la calle como siempre y venía justo el tren que debía tomarme. Por supuesto que no había olvidado completamente el asunto pero habiendo obligaciones y una rutina laboral uno se acostumbra a desechar de sus preocupaciones las pequeñas nimiedades que escapan a esa rutina. Entonces, apuradísimo vuelo con mi portafolio ondeando detrás y veo que puedo cruzar a toda velocidad. El policía había parado el tránsito pues la barrera estaba baja. Toda la situación era propicia para mi cruce hacia el embarque pero el dichoso policía de tránsito no había olvidado el episodio del día anterior (tiene una memoria visual vial impecable) así que ni bien hubo visto mis intenciones presurosas de oficinista retrasado en su tedioso camino hacia la ciudad capital, hizo un leve gesto sumado a un pitidillo de silbato que me sonó al mismísimo sonido de la trompeta del Apocalipsis. Pobre corderillo, yo. Levanto la vista presa del desconcierto y de cierto pánico propiciatorio. Veo venir hacia mí un enorme bus de dos pisos tan rojo que llamea bajo el sol, una gran fogata que se abalanzaría sobre mi grisácea figura. Atiné a correrme hacia un costado, tirarme al asfalto tapándome el rostro con mi portafolio. Así fue como terminé con estos moretones verde agua ya pero dolorosos y oscuros desde el momento en el que el bus me rozó el flanco derecho con una rueda. Había sido, por supuesto, obra del policía de tránsito pues el malvado zorro había fingido no verme correr hacia el otro lado de la calle y había dejado que el bus pasara lo mismo. Que ¿cómo fue que el conductor del bus no se percato de mi presencia? Y es que están todos tan acostumbrados, todos los movimientos de cualquier habitante de la ciudad en la calle son tan automáticos que por supuesto confió ciegamente en el pitidillo del malvado. Los conductores, la mayoría, se han convertido en perros de Pavlov mecánicos rodantes. 

Usted doctor enarca las cejas porque cree que exagero, que conecto un hecho azaroso con otro como si fuera uno consecuencia y otro su causa solamente porque quiero sentir que tengo las riendas de mi vida sujetas fuertemente al encontrar una razón para todo lo que me acontece. Pero tengo más pruebas, doctor, que demuestran que todo lo terrible que me sucede es culpa del policía y su cruel venganza. Mire este ojo en compota, doctor. ¿Le parece que un empresario tan serio como yo tendría un ojo morado a causa de un pelea? Esto ha sido porque cuando salía de mi residencia, me dirigía tranquilamente hacia la puerta entreabierta donde el portero me esperaba para abrirme. Cuando cruzo nuestros amables buenos días, veo venir hacia mí una enorme rama de árbol. De no ser por el portero que pudo atrapar la rama entre sus toscas manos, la rama me hubiera matado. El portero no me creyó cuando afirmé que fue a propósito el accidente, que justo los empleados de la municipalidad habían venido (y aclaremos que hacía años que se había llamado a la Municipalidad para que podara el árbol porque estaban sus raíces levantando la vereda) cuando yo estaba pasando bajo la copa del mismo con total premeditación. Casi parecieron haber esperado el mismo instante en el que yo transitaba, es cierto eso, me lo concedió el portero. Pero lo justificó alegando a la poca instrucción y educación de los empleados municipales y se rió de mi ocurrencia, como si este asunto de la red de complot estatal contra mí fuese un chiste mañanero que se cuenta con café con leche en un bar de barrio. Así se cerró el episodio, con solamente un ojo amoratado pero con un testigo que duda de las verdaderas causas del hecho. Para peor ahora cada vez que cruzamos un saludo, veo subir las comisuras de su boca apenas porque reprime una sonrisa socarrona. Si no fuera porque sé que nada tiene que ver con empleados del Estado, hasta dudaría del portero. ¡Quién sabe hasta dónde la clase trabajadora municipal podría unirse contra mí, solamente porque un policía me tildó de gélido empresario que se ríe de un ancianito!


Doctor, ¿qué está escribiendo en su anotador? Que tengo claros problemas de persecución, ¿verdad? Yo no vine acá para decirle cómo hacer su trabajo porque usted es un profesional y lo respeto, pero usted no puede sacar conclusiones apresuradas sólo porque lo que le cuento no parece real sino que se asemeja a una trillada película en donde el protagonista sufre la incomprensión de los demás que lo creen un loco con delirios de persecución y al final era verdad que la KGB lo observaba. No vine para que me diga que tengo un claro problema de egocentrismo, de sentirme superior por mi estatus social y me gusta llamar la atención. Le repito que no quiero decirle cómo hacer su trabajo pero es claro para mí que sé bastante de todas las disciplinas facultativas que usted ya está anotando, ese diagnóstico en mi legajo. No se equivoque, doctor. Mire sino mi yeso, éste yeso barato y mal puesto que sobresale y hace que mi fino pantalón de traje italiano parezca algo grotesco. Este yeso acaban de ponérmelo, tuve que ser hospitalizado de urgencia pues me encontraron inconsciente en la calle y fui traído a este mugroso hospital en donde la atención es pésima. ¿Le parece que a mí me gusta que esto sobresalga y afecte mi imagen personal? ¿Le parece que puedo fingir un mundo imaginario y tener que aguantarme estar en este hospital en donde me trajeron los que me encontraron desmayado, unos energúmenos que no pudieron darse cuenta que tengo en mi billetera el carnet gold de la Clínica Alemana Modelo?

Todo esto lo ocasionó a propósito el imbécil del barrendero cuando cruzando la calle en una esquina me topo con él y su carrito lleno de hojas y basura húmeda del cordón. Lo esquivo bufando de rabia porque me demora unos minutos hasta que espero que lo corra a un costado porque es un vago que todo lo hace con una lentitud desesperante. Cuando voy a pasar, se vuelca misteriosamente el tacho y resbalo sin remedio. Caigo sobre un colchón de hojas y olor nauseabundo. Me hace dar un porrazo parecido al del viejito aquel maldito día.

¿Ya terminamos, doctor, tan pronto? ¿No quiere que le siga contando?, así se convence de que todo lo que le cuento es real y así puede cambiar su diagnóstico. Digo, así puede evitar tener una mancha en su currículum por dar un mal diagnóstico, un erradísimo diagnóstico diría más bien. Todavía tiene tiempo de hacer bien su trabajo, doctor, escúcheme un poco más de modo que pueda concatenar toda la serie completa de accidentes que me ocasionaron todos los empleaduchos que se aliaron contra mí por culpa del policía de tránsito que quiso hacérselas de héroe civil.

No, Sr. Martínez de Hoz. Terminamos por hoy pues usted ha sufrido un fuerte golpe y necesita descansar, amoldar esas ideas sobre lo acontecido dijo el psiquiatra acomodándose la corbata: Ahora usted deberá quedarse en el hospital público hasta que pueda ser transferido.

¿Y cuándo será eso? Porque la idea no me divierte para nadaexclamó el Sr. Martínez de Hoz con una mueca tan retorcida que parecía una soga de marinero más que labios.

Esperemos que pronto, ¿no? respondió el psiquiatra sacándose las gafas de montura gastada y continuó:

El que decide sobre su salud mental soy yo y por supuesto no puedo dejarlo ir así como así, hasta que por lo menos se acuerde con nitidez de aquella viejita con tapado azul y bastón blanco que cayó frente a su elegante figura

Agustina Colandrea
coquettemannequin@hotmail.com

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Misteriosa Realidad: Ciudadano ejemplar: delirios de persecución (cuento)
Ciudadano ejemplar: delirios de persecución (cuento)
Nuestra enemistad había comenzado hacía bastante tiempo, no sabría precisarle una fecha exacta. Sí puedo afirmar por supuesto que al principio no era de temer la situación, pero dado un tiempo prudencial y cuanto más frecuentaba pasar por allí, la cosa se empezó a poner grave. Porque fíjese usted que es una tontería quizás, una nimiedad que por haberme reído cuando el señor se tropezó (cosa frecuente, ya lo dijo algún crítico ruso formalista: el ser humano se ríe del ridículo sin remedio y de la torpeza de lo mecánico, de lo fuera de lugar) me esté sucediendo esta cadena de desgracias, estos accidentes cada vez más graves.
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